¡Qué país de mierda!
Publicado por Ramón en 1 Junio, 2008
¡Qué país de mierda! Lo dijo, ofendida, una señora cuando llevaban, en un camión, las tres toneladas de bronce que conforman la estatua del Che y que ahora está erigida en Rosario. Es que le estaban contaminando la calle, en la que ella, supongo, sólo querría ver las cosas que representan a la “gente como uno”.
Tal vez esa señora pensó: “Esto, hace unos años, no hubiera sido posible, en la época de nuestros militares no se hubiera permitido, como no se permitían la inseguridad, el robo, la delincuencia, la literatura que corrompe a los jóvenes, el libertinaje, el zurdismo, la democracia corrupta, el terrorismo, el exceso de pensamiento, etc.”.
Es que la mayoría de los argentinos siempre tuvimos una visión negativa de Ernesto Guevara, las dictaduras y los gobiernos nacionalistas o liberales siempre nos hablaron peste. Nunca lo consideramos de los nuestros y hasta sentimos vergüenza de que haya nacido en nuestro país. Fue un guerrillero, ahora diríamos terrorista.
Cualquiera podría decir que hoy las cosas han cambiado, que hemos aprendido del pasado, que somos un país democrático y conocemos las lecciones de la historia, pero…
¡Qué país de mierda, el de esa señora! Cómo se puede, a pesar de haber vivido en el terror de estado, aún hoy, añorar las cebollas de Egipto. Claro, antes no había tanta inseguridad porque vivíamos en un campo de concentración en el que los ladrones de vidas, encapuchadores de ideales y apropiadores de pequeñas identidades eran los comandantes. En esos tiempos se justificaba al victimario y se denigraba a la víctima con el famoso “algo habrán hecho”.
En la película de Spielberg, “La lista de Schindler”, el comandante nazi del campo dispara desde su balcón, imparcial e impunemente, sobre el que se le cruza en la mira, no importa si hace algo o no, si corre o está parado. A cada disparo alguien cae y la desesperación se dibuja en el rostro de los prisioneros, que son, terriblemente, concientes del horror. En nuestro Egipto era lo mismo sólo que vivíamos en la inconciencia o, lo que es peor, en la indiferencia. Si nos hubiera pasado a nosotros seguro que otros nos hubieran dicho “algo habrá hecho”.
Aunque a la señora le moleste, la estatua de Guevara tendrá un lugar en el que a unos cuantos como ella, les hubiera gustado ver una de Videla o de Massera para que les recuerde que las cebollas eran más ricas, aunque tantas veces hicieran llorar a los inocentes prisioneros de aquel verdadero país de mierda que la señora no deja de añorar.